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Lanzarote en cuatro cambios de rasante

8 jun

Por Amaia Arregi

Si eres mi follower, sabrás que he pasado la última semana en Lanzarote, si no lo eres, pues no mereces vivir.

Todo comenzó un buen día de mayo, no sé cuál, cuando a mi señora amiga Mai se ocurrió decirme que había encontrado vuelos a las Canarias (a todas) por no más de 100 euros. Y claro, una, que no es de piedra, dijo: pues venga, pues vamos, a donde sea, a la que más rabia te dé. Y así, fichamos a mi otra amiga, la Bea, loki, y desembonsaldo 97 euros por cabeza nos hicimos con vuelo + estancia en apartamento por siete días, ¿cómo taj quedao?

He aquí las protagonistas de la novela:

IDA_DÍA 0

El día uno empieza con una nota mental que me repito a mi misma cada x tiempo pero que de poco sirve: Amaia NO vuelvas a volar con Ryanair.

La compañía formó una cola que llegaba a Calatayud porque les salió de los huevos no abrir más de dos mesas para todos los vuelos previstos para esa tarde noche. Total, un caos. Al final conseguimos facturar a tiempo y pasar el control con el tiempo justo para ponernos en la cola de embarque.

Unas 3 horas después, una menos en Canarias, ya estábamos pisando suelo lanzaroteño y se nos empezaba a encrespar el pelo.

Alquilamos un coche (de antemano) con la compañía AutoReisen que nos salió por unos 63 euros para toda la semana, o sea, guay.

A eso de las 23h llegábamos a Puerto del Carmen y nos daban las llaves de nuestra nueva casa en los Apartamentos Kontiki, que suena como a atracción de Port Aventura, pero no.

Como teníamos un hambre de matar, nos fuimos a cenar al chino más guarro de la isla, y sin tiempo a hacer la digestión, nos fuimos a dolmil.

DÍA 1: Hoy no hago ni el huevo, como hay Dios

El día uno consistió en no hacer nada y pasar de todo, modo desconexión ON. Lo más productivo del jueves fue hacernos con lo que se iba a convertir en nuestra mascota oficial en lo que restaban de días: Rafi, un cocodrilo de lo más aventurero y un compañero sin igual.

PD: también hicimos la compra en el Hiper Dino, ¡ÑO, qué precios! (Las cajeras eran un poco retracas)

DÍA 2: La isla de la Graciosa + la hostia padre + karaoke

Cogimos el coche y nos buscamos la vida para encontrar el camino al norte. Porque, una cosa os voy a decir: la señalización en las carreteras no es el fuerte de Lanzarote. Bueno, ni la señalización ni nada en general, lo mismo subes una pendiente que poco le falta para parecer San Francisco, que bajas por un camino de cabras con forma de serpiente sin quitamiedos ni na, ni na, con un barranco ahí, en el lateral, esperando a que caigas en él.

Total, conseguimos llegar a Orzola, que es donde se coge el ferri para ir a la Isla de la Graciosa. El precio son 20 euros ida y vuelta. Es un poco caro pero merece mucho la pena: un must.

Una vez allí, nos entró el cargo de conciencia del día uno y decidimos hacer el ejercicio que no hicimos la jornada anterior (mmmmmmmmmmmmmmma, wrong). Alquilamos unas bicicletas para recorrer la isla, son 6 euros por cabeza.

El señor moreno (muy moreno) que te las alquila te dirá que el recorrido se hace en 1 hora y 20 minutos fácil. Yo te digo que los huevos, date un margen de 2 horas (si no más) para dar el voltio al islote.

Tras unos 20 minutos de bicicleta, habiéndonos dejado ya un cuarto de pulmón y sufriendo ya el dolor en los glúteos, sucedió el drama. A la señorita Beatriz le pareció que los 100 metros que quedaban para llegar a la primera parada, la Playa de las Conchas, era demasiado esperar para hacer la croqueta en la arena, por lo que decidió derrapar con la BH que nos habían dado y rebozarse en la gravilla del sendero. Vamos, que se metió una ostia como una catedral. Todo esto vino provocado por una pelea personal que decidió entablar ella misma con una mosca con la que se cruzó con por el camino.

Total, que un agradable señor de la zona, Gustavo, como la rana, tuvo que socorrerla para no morir por alguna infección rara. Resultado: magulladuras varias en rodillas, codos y mano, o sea, UN CUADRO DE PERSONA:

Cuando ya llegamos a la playa, nos encontramos con algo parecido al paraíso, esto:

Nos os puedo decir lo que es echarse la siesta y hacer la croqueta hasta llegar al mar en esta playaca, tenéis que ir y problarlo, too much.

El resto del recorrido no lo disfrutamos tanto, no por que deje de ser ASOMBROSO (palabro), sino porque andábamos bastante justas de tiempo y tuvimos que hacerlo contrarreloj.

Total, llegamos al ferri con la lengua fuera y quemadura de segundo y tercer grado.

Por la noche decidimos que podíamos hacer el ridículo tan tranquilamente, porque no nos iban a volver a ver más, y nos fuimos al Tito’s, el karaoke por excelencia. Un must, también.

DÍA 3: Me muero de la resaca + hay que sacar de paseo a Rafi

Con cubatas a 4 euros es normal tener resaca al día siguiente. Como habíamos cantado fenomenal la noche anterior, decidimos que nos merecíamos un premio y nos metimos un british breakfast entre pecho y espalda como Zeus manda.

Rafi ya se venía quejando de que no lo sacábamos de paseo así que lo metimos en el Twingo y nos lo llevamos a Playa Papagayo. El capricho del niño nos costó 3 euros de entrada a la zona de playas + 25 de la sangría y las papas que se le antojaron.


Después de la siesta tiramos para la zona de Playa Blanca, a ver qué tal, y oye, pues bonito:

DÍA 4: Timonfire + tú coge olah que ya me echo yo la siehta + te cagas con Los Hervideros

El domingo, el día del señor y de los paseos largos, tiramos para Timanfaya, rebautizado por nosotras como Timonfire. La recepcionista de nuestreos apartamentos, que mira tú por dónde se llamaba como yo, nos recomendó ir primero al Centro del Visitante, y nosotras os lo recomendamos también. La entrada es gratuita y todo es bastante interactivo, te hacen incluso una simulación de una erupción volcánica, simulación catalogada por la guía como “muy fuerte”, pero que no es pa tanto. Merece la pena.

Una vez entradas en vereda, fuimos a ver el parque. La vueltica en bus por el parque cuesta 8 euros y aunque es bastante corto (dura unos 20 minutos) merece la pena. Además de ver volcanes y cráteres aprendes idiomas: te explican grosso modo la historia del volcán en español, inglés y alemán, pa que tú lo goseh.

Por cierto, también montamos en camello, atención:

Terminado el recorrido, cogimos el coche e intentamos llegar a tiempo para ver el mercado de Teguise, que acontece los domingos, pero no llegamos a tiempo. Si vais, sed más avispados que nosotras e id, que se conoce que merece la pena.

Por la tarde, con el mono ya de vitamina D, fuimos a la Playa de Famara a seguir cogiendo un tono Jersey Shore y a siestear un rato. Allí podréis ver a surfistas y aficionados al agua varios, unos más guapos que otros.

Para terminar el día, fuimos a Los Hervideros, que es un lugar brutal donde ves chocar olas contra roca volcánica y no te queda otro remedio que flipar.

DÍA 5: Temo por mi vida + los caletones de Orzola

Estábamos cansadas como señoras de 50 y lo único que apetecía era tirarse en la arena y no hacer nada. Cogimos el coche y tiramos para Arrieta, que es un pueblo que tiene un muelle muy rollo american al que sólo le faltan las atracciones de feria.

La playa que nos encontramos era perfecta para dos cosas:

1) Morir arrollada y/o ahogada por un tsunami
2) Exfoliarte la piel sin esfuerzo alguno con arena

El viento pegaba que no veas y era imposible estar más de dos minutos sin 5 kilos de arena encima de tu toalla. Al final desistimos y decidimos buscar otra playa, por lo que terminamos en la Caleta de Mero de Orzola, sitio que os recomendamos fervientemente.

En el lugar hay una especie de caitas-fuerte hechas con piedras que te protegen del viento y producen un efecto invernadero que ya quisieran para sí los agricultores. El paisaje es precioso y la temperatura del agua es perfecta y al final del día la marea baja tanto que puedes llegar caminando a África.

DÍA 6: me paso el día en horizontal + la casa por la ventana, hoy ceno solomillo

El día se resume en playa, piscina y un viento del demonio. Para darnos el capricho final nos decantamos por un restaurante bien, La Cascada (Calle de Roque Nublo 5, Puerto del Carmen), en el que te colocan las servilletas con cuchara y tenedor y te tratan como si fueras como Lady Gaga de famosa, o sea, mucho. Recomendación personal: solomillo con salsa de champiñones y flan de huevo de postre.

VUELTA_ DÍA: Hasta luego loki

Con depresión post vacacional antes de terminarlas, no nos quedó más que empaquetar todo, a Rafi incluido y volver a Mandril :(

Total, que nos lo hemos pasado pirata y hemos vuelto como Snooki de negras.

PD: si queréis ver el álbum completo en flickr, podéis pinchar aquí.

Al César lo que es del César

15 nov

Por Amaia Arregi

Como bien sabéis, hace un par de semanas hicimos un viaje exprés a la ciudad del Cesar, osease, Roma. Se puede decir que nos recorrimos la ciudad de pe a pa en cuestión de 3 días y nos dejamos el hígado y las rodillas por las bocacalles de la cuna de los gladiadores.

Aquí mi compañera María y yo nos hospedamos en un Bed & Breackfast llamado B&B Corso d’Italia, lugar que recomendamos enfurecidamente, con mogollón de ganas. Os cuento: se trata de un pisito situado en la calle Corso d’Italia, al lado de la Via Veneto y cerca de Piazza di Spagna, un piso de 3 habitaciones regentado por una joven pareja formada por Paolo y Romina (como Romina Power). Muy majos y hospitalarios, se ofrecieron a llevarnos al aeropuerto para coger el vuelo de vuelta, cosa que no hizo falta pero se agradece igual. La habitación fenomenal, todo muy Ikea, y te sirven el desayuno casi casi en la cama, te lo dejan en la puerta del dormitorio en un carrito también muy Ikea.

Os hago un resumen, también exprés:

Giorno 1:
Salimos del hostal y tiramos hacia Piazza di Spagna, muy bonita y muy llena de gente, así como concurría, pero guay. Decidimos que es mejor comer que desfallecer y tomamos asiento en un restaurante de la Via della Vite llamado Life, también recomendable, barato y bastante rápido.

Ya con el estómago un poco más lleno nos dirigimos hacia Fontana di Trevi, que está ahí, perdida entre la nada, que tú vas callejeando y dices “aquí huele a fuente” y efectivamente, ahí está, emanando water como si con ella no fuera la cosa… y allí terminamos todos, arrojando monedas como tontos a ver si nos cae algo.


Pasada ya la euforia marchamos hacia el Panteon que, cómo te diría yo… pa alucinar, chato. Siguiendo el camino, por inercia, llegamos a Piazza Navona, uno de los lugares que más me gustó. Nos comemos el crêpe más relleno de nutella que me han servido en toda mi vida, y decidimos poner fin a un día de pateada, terminando el tour de nuestro first day en Piaza del Popolo.

Giorno 2:
Pensamos que ya que estamos en Roma, por qué no visitar al papa, the pope. Y pal vaticano que nos vamos. Llegamos y parece aquello yo qué sé lo que, había más gente que mármol, no os digo más.

Después de un par de horas de cola conseguimos entrar a San Pedro. Eso sí, muy bonico y muy reluciente todo, un par de ave marías y al Museo Vaticano. Una hora de cola 8 euros más tarde, conseguimos entrar y nos pegamos otras 2 horas (y pico) rodeadas de arte y esas cosas. Salgo con la sensación de que he pagado 8 euros muy bien pagados y de que Miguel Ángel tenía mucho tiempo para sus cosas, porque hay que ver lo que es la Capilla Sixtina hija, ¡qué techos!

Comemos a las 4 de la tarde en un sitio de mala muerte donde nos dan un plato de pasta que no vale lo que pagamos y tiramos pal Trastevere no sin antes visitar el Castelo St. Angelo.

Callejeamos por el Trastevere, que me pareció una cosa entre alucinante, mágico y acojonante (de que da miedo, porque tiene algunas callejuelas un poco oscuras, todo hay que decirlo). Visitamos Santa María in Trastevere y nos aventuramos en busca de un restaurante que parezca bueno, bonito y barato. Al final terminamos en uno que parecía que ni fú ni fá, pero resulto estar fetén. Lo siento, no recuerdo el nombre, pero os doy un dato: tenía terraza y hacia esquina, buscaos la vida.

Giorno 3:
Con el alma ya a cuestas, nos enfrentamos al que es nuestro último día en Roma y ponemos rumbo al Coliseo. Os :
recomiendo coger las entradas de antemano y ahorraros un par de horas de cola. Se paga un poco más ya que no te dan la opción de coger la reducida (y nosotras, que somos jóvenes y guapas tenemos derecho a ello) pero te ahorras la espera y en cuestión de minutos ya estás dentro.


Una vez dentro ya comienzas tú tu ritual de delirio con la compañera de turno, que si lo leones, que si los avestruces, que si Máximo Décimo Merido… Sales absorta de tanta colosidad y bestialidad y te vas directa al Foro Romano, a seguir imaginándote tus paseos con túnicas blancas y de paso te ves el arco de Trajano, que está muy bien.

Salimos ya del Foro Romano y, después de comer en otro sitio de cuyo nombre tampoco me acuerdo, pero que os puedo decir que estaba al lado del monumento a Vittorio Emanuele y por ende de la Piazza Venezia, bajamos hacia Bocca della Verità, que es este sitio donde antiguamente metían la mano para saber si alguien había sido infliel o no, cosas de la vida. Paseamos por las afueras del circo Romano y cogemos un bus (sin pagar) para llegar a ver San Giovani in Laterano y la Scala Santa.

Cogemos otro bus, también sin pagar, y volvemos a la Piazza Navona, esta vez para dirigirnos a la Via del Governo Vecchio, que es la calle de tiendas de segunda mano por excelencia. Todo bastante caro en relación calidad precio :( .

Pasado el disgusto, decidimos tomarnos un café en algún sitio, random, y nos encontramos por casualidad con L’Emporio alla Pace, un lugar donde la lectura y el café mimetizan.


Para terminar el día y el viaje, decidimos darnos un homenaje y cenamos en un restaurante llamado Il brillo parlante, situado en Via della Fontanella. Muy recomendable, sobre todo el tiramisú. Nos dieron de cenar como a reinas y salimos gordas como vacas.

En resumen: un viaje corto y condensado, terminamos muertas pero locas de contentas. Os dejo aquí el álbum de fotos.

¡Ah! Se me olvidaba, mi recuerdo favorito de Roma, este vídeo.

A pesar de su nombe, Brujas siempre fue una ciudad de cuento de hadas

13 oct

Por Amaia Arregi

A pesar de su nombre, Brujas siempre fue una ciudad de cuento de hadas. Dice la wikipedia que Brujas (en flamenco Brugge, en francés Bruges) es una ciudad belga (de Bélgica, vamos), y no miente. Yo la descubrí hace un par de inviernos, cuando estaba en esa época tan genial de la vida de todo estudiante vividor que se precie.

Tranquilos que nos os voy a aturdir con mi aventura Erasmus, porque se reduce a lo mismo de siempre: beber, salir, dormir, comer, tirar de Ryanair, no ir a clase, quedarte sin blanca y engordar 8 kilos.

Recuerdo que era diciembre y hacía un frío de aquí te espero. Amigos míos habían venido a visitarme para comprobar que, efectivamente, me había puesto como una vaca y que había vuelto a tener la mala idea de hacerme flequillo (de esto último aún no he escarmentado).

No se si era martes, miércoles o jueves, pero sí recuerdo que desayunamos leche con galletas y marchamos hacia la estación para coger un tren con destino a Brujas, haciendo trasbordo en Bruselas (Bruxelles en francés, Brussel en neerlandés y Brüssel en alemán).

El caso es que llegamos a destino y nada más poner un pie en esa ciudad, a mi ya me entró un no se qué que qué se yo, que me recorrió la espina dorsal y me llegó hasta las pestañas. Brujas tenía un algo que no sé explicar. Una luz especial que poco tiene que envidiar a la aurora boreal, un encanto singlar, un toque a cuento de hadas que nunca antes había experimentado.

Callejeando entre tiendecitas que vendían chocolate como si de oro se tratase (que lo es, porque el chocolate es oro comestible, lo sabe todo hijo de vecino), antiguas librerías, pequeñas casitas, iglesias varias y canales que transmitían algo indeterminable entre energía y tranquilidad, llegamos a los molinos.

Y allí, sintiéndome como el Quijote bajo aquellos gigantes, fui feliz.

Podéis ver el álbum en Flickr pinchando aquí mismito, güey.

De cuando el Caribe es más que eso

4 oct

Por María Osma

Está claro que uno no puede decidir en qué país nacer. Uno nace donde le toca. Es cierto el refrán que dice que uno quiere lo que no tiene.

Tengo fobia a las agujas, a la sangre y a todo lo que tenga que ver con los médicos en general. Cada vez que tengo que hacerme análisis- y que actualmente es muy a menudo- me vienen a la cabeza una serie de imágenes relacionadas todas con Cozumel, México.
En este punto de la historia, o sea a las 5 líneas de vuestra lectura, pensaréis que estoy zumbada, un poco sí pero ojalá sea capaz de describir en los párrafos que siguen, la sensación que sentí en ese lugar hace ya cuatro años.

Me encontraba viajando por México con una de mis mejores amigas que, casualmente también es mexicana. Andábamos recorriendo el país de norte a sur con una mochila muy pero muy sucia y ambas dos muy pero muy cansadas.
Después de visitar la zona de Chiapas – de la que también me gustaría hablaros más adelante- y tras unas catorce horas de bus en el que yo estuve las catorce horas dormida como un tronco, llegamos a Cozumel. -Me estoy ahorrando todas las cosas intermedias para tratar de llegar a lo que realmente importa-.

Estábamos muertas y es posible que lo que vi ante mis ojos estuviese acentuado por el cansancio, más o menos como cuando tienes tanta hambre que te comes un sándwich malísimo pero que te sabe a gloria.
Aquello me pareció el fin del mundo. El agua, el sol, la arena… nunca había experimentado ese sentimiento de sentirte en contacto directo con el cielo. Porque parece que el cielo en Cozumel está más cerca de la tierra.
No sé si deciros que es una isla fascinante, que no existe otra igual o que las playas son las mejores del universo porque es probable que no sea cierto pero lo que sí puedo deciros es que vi una de las cosas más impresionantes de mi vida: El desovar de las tortugas.

No sé muy bien cómo contar esto así que lo haré tal cual como se reproduce una y otra vez en mi cabeza cada vez que estoy en la sala del médico.
Era una calurosa noche de verano y recuerdo que nos subimos a uno de esos camioncitos que llevan la parte de atrás descubierta y en los que la gente se sienta en el suelo. Íbamos con un biólogo joven que nos explicaba la reproducción de las tortugas y nos enseñaba a través de unas bolsas de plástico- todas manchadas de nutella-cráneos y caparazones de algunas tortuguitas que no habían podido sobrevivir tras el parto. Después de un rato de carretera viendo el manto de estrellas que teníamos sobre nuestras cabezas y respirando como nunca, llegamos a una playa virgen donde con un poco de suerte, aquella noche, íbamos a poder ver el parto de una tortuga caguama.

Estuvimos un rato largo callados, mirando al mar desde la arena de la playa cuando de repente vimos salir del agua una tortuga enorme corriendo hacia nosotros para abrir hueco sobre la tierra y empezar su parto particular.
He de decir que en ese momento yo ya no sabía dónde estaba, andaba claramente en una parte de la tierra en la que la globalización y todas esas historias que actualmente se nos echan encima, se encontraban muy muy lejos.
La tortuga de unos cien kilos de peso comenzó a hacer un agujero en la tierra con sus extremidades traseras,tras esto, entró en trance unos minutos hasta que finalmente empezó a dar a luz más de cien huevos.

El biólogo hizo lo propio tapando a las futuras criaturas con la tierra cuando de repente, alguien gritó que la tierra se movía.
A unos metros empezó a tambalearse la arena y vimos como desde otro nido se empezaban a abrir cascarones y a salir cientos de tortugas pequeñitas. Algunas vivas y otras casi muertas. Teníamos que cogerlas con las manos y sujetarlas para que no se nos escaparan. El plan era contarlas,ver cuántas no habían sobrevivido y cuántas sí. Las afortunadas eran llevadas al mar. Recuerdo que hicimos una linea en la arena y las pusimos en fila una al lado de otra. Salieron corriendo como cuando un bebé perdido quiere encontrar a su mamá.



Os dejo si queréis, que penséis en esto cuando os hagan los análisis de rigor un martes a las ocho de la mañana.

PS: Si en algún momento visitáis Cozumel, es visita obligada el Hotel “Ventanas al mar”. Para sentir que la vida mola.

http://ventanasalmar.biz/

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