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De cuando el Caribe es más que eso

4 oct

Por María Osma

Está claro que uno no puede decidir en qué país nacer. Uno nace donde le toca. Es cierto el refrán que dice que uno quiere lo que no tiene.

Tengo fobia a las agujas, a la sangre y a todo lo que tenga que ver con los médicos en general. Cada vez que tengo que hacerme análisis- y que actualmente es muy a menudo- me vienen a la cabeza una serie de imágenes relacionadas todas con Cozumel, México.
En este punto de la historia, o sea a las 5 líneas de vuestra lectura, pensaréis que estoy zumbada, un poco sí pero ojalá sea capaz de describir en los párrafos que siguen, la sensación que sentí en ese lugar hace ya cuatro años.

Me encontraba viajando por México con una de mis mejores amigas que, casualmente también es mexicana. Andábamos recorriendo el país de norte a sur con una mochila muy pero muy sucia y ambas dos muy pero muy cansadas.
Después de visitar la zona de Chiapas – de la que también me gustaría hablaros más adelante- y tras unas catorce horas de bus en el que yo estuve las catorce horas dormida como un tronco, llegamos a Cozumel. -Me estoy ahorrando todas las cosas intermedias para tratar de llegar a lo que realmente importa-.

Estábamos muertas y es posible que lo que vi ante mis ojos estuviese acentuado por el cansancio, más o menos como cuando tienes tanta hambre que te comes un sándwich malísimo pero que te sabe a gloria.
Aquello me pareció el fin del mundo. El agua, el sol, la arena… nunca había experimentado ese sentimiento de sentirte en contacto directo con el cielo. Porque parece que el cielo en Cozumel está más cerca de la tierra.
No sé si deciros que es una isla fascinante, que no existe otra igual o que las playas son las mejores del universo porque es probable que no sea cierto pero lo que sí puedo deciros es que vi una de las cosas más impresionantes de mi vida: El desovar de las tortugas.

No sé muy bien cómo contar esto así que lo haré tal cual como se reproduce una y otra vez en mi cabeza cada vez que estoy en la sala del médico.
Era una calurosa noche de verano y recuerdo que nos subimos a uno de esos camioncitos que llevan la parte de atrás descubierta y en los que la gente se sienta en el suelo. Íbamos con un biólogo joven que nos explicaba la reproducción de las tortugas y nos enseñaba a través de unas bolsas de plástico- todas manchadas de nutella-cráneos y caparazones de algunas tortuguitas que no habían podido sobrevivir tras el parto. Después de un rato de carretera viendo el manto de estrellas que teníamos sobre nuestras cabezas y respirando como nunca, llegamos a una playa virgen donde con un poco de suerte, aquella noche, íbamos a poder ver el parto de una tortuga caguama.

Estuvimos un rato largo callados, mirando al mar desde la arena de la playa cuando de repente vimos salir del agua una tortuga enorme corriendo hacia nosotros para abrir hueco sobre la tierra y empezar su parto particular.
He de decir que en ese momento yo ya no sabía dónde estaba, andaba claramente en una parte de la tierra en la que la globalización y todas esas historias que actualmente se nos echan encima, se encontraban muy muy lejos.
La tortuga de unos cien kilos de peso comenzó a hacer un agujero en la tierra con sus extremidades traseras,tras esto, entró en trance unos minutos hasta que finalmente empezó a dar a luz más de cien huevos.

El biólogo hizo lo propio tapando a las futuras criaturas con la tierra cuando de repente, alguien gritó que la tierra se movía.
A unos metros empezó a tambalearse la arena y vimos como desde otro nido se empezaban a abrir cascarones y a salir cientos de tortugas pequeñitas. Algunas vivas y otras casi muertas. Teníamos que cogerlas con las manos y sujetarlas para que no se nos escaparan. El plan era contarlas,ver cuántas no habían sobrevivido y cuántas sí. Las afortunadas eran llevadas al mar. Recuerdo que hicimos una linea en la arena y las pusimos en fila una al lado de otra. Salieron corriendo como cuando un bebé perdido quiere encontrar a su mamá.



Os dejo si queréis, que penséis en esto cuando os hagan los análisis de rigor un martes a las ocho de la mañana.

PS: Si en algún momento visitáis Cozumel, es visita obligada el Hotel “Ventanas al mar”. Para sentir que la vida mola.

http://ventanasalmar.biz/

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