Por María Osma
Hay momentos en el día en los que cierras los ojos y te imaginas fuera del agobio de la ciudad, de los olores del metro, de las esperas en los semáforos, de los madrugones…
Hay momentos en el día en los que cierras los ojos y te imaginas respirando aire puro, disfrutando del tiempo libre y comiendo, poniéndote ciega a comer.
Si tuviera que resumir los últimos 3 meses de mi vida, podría hacerlo en 6 palabras: ¨ un abrir y cerrar de ojos¨. Todos sabemos que el tiempo pasa deprisa, que las cosas que tienes a la vuelta de la esquina, están realmente a la vuelta de tu puerta y que las conversaciones sobre el viaje a Cáceres en la mesa de Navidad, ya quedaron viejas y el viaje, también.
Gracias a Deu, no pico en una mina, no hago churrascos mañana y tarde en Segovia ni descargo camiones en Carrefour, pero necesitaba comerme unas buenas migas extremeñas.
No sé si sabéis que en octubre se casa mi hermano mayor, si no lo sabíais, ale, un regalo que os acabo de hacer en esta mañana soleada de febrero. Sí señores, increíble pero cierto, casamos al hermano que durante cierto tiempo pensábamos que se nos quedaba soltero y entero, bueno, medio entero.
Se nos juntaban entonces 2 acontecimientos, la boa y el 60 cumpleaños del patriarca de la familia. Ante tal suceso, el cabeza de familia literal y figurado, decidió invitarnos a pasar un fantástico fin de semana en Cáceres. Uno de esos que cuando llega el domingo por la tarde y te sientas en el sofá a pensar sobre todo lo que has hecho en 2 días, te relames y te dices: joe, ¡ha estado guay! o vale, con un punto más macarra, joder, ¡me lo he pasao de puta madre!
Como soy muy generosa y estoy muy orgullosa de la tierra que vio nacer a la mia mamma, quiero compartiros toda la ruta que la familia Osma y nuevos miembros hicimos, por si os apetece escaparos un fin de semana y zamparos unas buenas morcis.
Nuestro ansiado fin de semana comenzó el viernes, sí, el viernes por la mañana, somos así de chulos.
El plan era hacer Madrid/Cáceres del tirón, pero para los que no lo sepan, cada año hacemos una especie de peregrinación a Guadalupe, un pueblo alucinante, pequeñito pero con muy buen rollo, que se encuentra en la comarca de Las Villuercas. No pilla de paso para ir a Cáceres capital, pero merece la pena acercarse, pues en Guadalupe se encuentra el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, declarado Patrimonio de la Humanidad y se come de maravilla.

Desde Madrid son alrededor de 2 horas y media, o sea, que si te levantas un poco prontín te da tiempo a llegar allí a comer y tirar luego pa´ Cáceres.
En Guadalupe hay varios sitios para comer, en este viaje elegimos un restaurante con un nombre muy currao ¨Restaurante Guadalupe¨ (Pl. Sta María de Guadalupe) situado en el centro del pueblo y donde comimos unas migas extremeñas, una torta del Casar y unas morcillas, que quitaban el sentío.
Tras comer y rezarle un poquito a la Virgen morenita, nos fuimos hacia Cáceres, nuestro destino final.
Desde Guadalupe hay 1 hora y media aprox, que si no conduces y te pones “hasta el culo” de comida, puedes hacerla durmiendo, como hizo una servidora.
Tras este tiempo de letargo, abrí los ojos y vi una ciudad pequeñita que me recordaba un poco a Granada, un poco a Toledo y un poco a Cáceres, mismamente.
La ciudad, hablando en plata, es normalita, ni de lejos es Granada excepto algunas calles, peeeeeeeeero tiene un casco antiguo de quedarse con la boca abierta.
En Cáceres se juntan dos elementos importantes: el casco antiguo y la comida.
Podría haceros de guía turística pero eso, en cuantique lleguéis allí, os darán un mapa. Prefiero recomendaros sitios para comer y dejarme de tonterías.
Como iba diciendo, llegamos a Cáceres el viernes por la tarde y para cenar elegimos ¨Oquendo¨ (C/obispo Seugura Sáez,2). Un restaurante en el que aunque haya miles de personas, no se oye ni a una mosca, cosa que me flipa, y en el que hacen una tortilla de caerse pa´tras.
Es raro lo que voy a decir, pero en este restaurante me tomé el mejor tiramisú de mi vida. De precio, normalito.
Al día siguiente, 18 de febrero -os lo digo por si le queréis felicitar-, fue el cumpleaños de mi padre y como premio por aguantarle -desde el cariño-, nos invitó a comer a ¨El Figón de Eustaquio¨ (Pl. San juan, 12), donde repetimos migas, quesos de los Ibores y donde, atención señores, nos comimos unos solomillos de ponerse a llorar. El mío era light con salsa de torta del Casar, que debe engordar 2 kilos mínimo por solomillo.
Daba igual, ahí estaba yo, con el estómago abierto para recibir uno o mil. Había que zampárselo como fuera.
Tras esta bomba calórica, había que echarse un poco la siesta y prepararse para la cena. He de decir que hubo paseíllo por el casco antiguo y que entramos en Atrio, un Relais Chateau rehabilitado por Tuñón y Mansilla, para bolsillos sin agujeros. Nos clavaron como 25 euros por 4 cafés, eso sí, tiene dos estrellas Michelin y el sitio es espectacular. Sentí como si se hubiera detenido el tiempo. Nos pusieron unos buñuelos y unas trufas riquísimas.
Para cenar, parece mentira pero sí, teníamos hambre, estuvimos en una tapería que se llamaba ¨La Tapería” (C/ Sánchez Garrido,1), ¡hay que ver como se lo curran los extremeños con los nombres, es acojonante!
Nos pedimos unas tostas de jamón ibérico de foto, una torta del Casar ( no, no nos empachamos a comer torta del Casar) muy rica y pa la cama a dormir.
El domingo por la mañana nos pillamos el atracón típico del bufet libre de los hoteles y vuelta a Madrid. Por el camino hicimos una parada en Jaraíz de la Vera para ver una finca y unos cuantos caballos, pero eso ya os lo contaré en otro post. La risa y el dolor de la parte derecha de mi cuerpo, actualmente no me lo permiten.

Ps: No os vayáis de Cáceres sin probar un vino tinto extremeño que se llama ¨Mansaborá¨.
¡Viva Cáceres y vivan las migas extremeñas!
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Etiquetas: amartinalefascina, Cáceres, Guadalupe, María Osma